Mi ateísmo

Yo soy ateo y enemigo irreconciliable de toda concepción monoteísta y politeísta y lo soy sobre todo en mi calidad de anarquista individualista y no porque los supuestos representantes de Dios sean a veces detestables, pues también hay otros, aunque en minoría, que son superiores a la moralidad media general. Estoy muy persuadido de que los humanos están determinados por su temperamento para dar gran importancia a las inconsecuencias de los cristianos, de los musulmanes o de los budistas, o a las diferencias que la vida diaria de algunos anarquistas puede presentar con las teorías de que hacen gala. Es más fácil abstraerse cerebralmente del medio que triunfar a las solicitudes que éste hace a los sentidos, y cada vez me siento menos inclinado a lanzar la piedra a los que no pueden realizar una teoría que está por encima de las fuerzas humanas. El que un cura no pueda guardar su voto de castidad no me hará dudar de Dios, como tampoco me haría repudiar la anarquía un absceso de celos por parte de un anarquista. Mi conclusión es que ambos han presumido demasiado de sus fuerzas y han hecho intervenir sus teorías en actos completamente extemporáneos, propios del temperamento, que no quitan valor intelectual y social a las ideas. Puede haber deístas voluptuosos o anarquistas celosos y yo no me creo con derecho a considerarlos; lo único que he de desear, si convivo con ellos es que se manifiesten tal como son.
Tampoco soy ateo a causa de la imposibilidad en que se encuentran los deístas para contestar a las objeciones del librepensamiento vocinglero. Las afirmaciones teológicas proporcionan a éste muchos argumentos para sus bellas declamaciones oratorias. Tomando, por ejemplo, el problema del sufrimiento, se dice que si Dios no lo evita es porque no quiere o no puede y, por tanto, la existencia del dolor sobre la tierra desmiente los atributos de bondad, omnipotencia y de sabiduría de ese ser vertebrado y gaseoso a la vez. Estas razones, que parecen aplastantes, no me impresionarían si fuese deísta y alzaría las espaldas con bastante buen sentido si se me hablase de los atributos divinos, de la creación o de la cuestión del mal. Yo me diría que estas cuestiones son el producto de la imaginación humana y que nada tiene de común con la realidad. Dios, la causa primera inteligente, la causa permanente y consciente, creadora y activa, tendría, a mi modo de ver, si existiese, una concepción de la vida en general muy diferente a la nuestra, pobres parásitos terrestres. No soy, pues, un ateo por razones escolásticas. Tampoco lo soy científicamente y, para evitar todo equívoco, he de hacer constar que no confundo la ciencia, conjunto de observaciones prácticas, de aplicaciones provechosas y útiles con la ciencia especulativa (con mayúscula). De la ciencia, Haeckel dice que es un imposible sin hipótesis y Henri Poinecaré proclama ésta indispensable. De acuerdo con los filósofos contemporáneos eminentes, yo creo que el hecho científico es un fenómeno social, humano, esencialmente relativo, cuya explicación varía según la mentalidad de aquellos a quienes interesa. Si yo me ocupase profundamente de la ciencia sometería con la misma severidad a la crítica las hipótesis religiosas y las científicas. Reclamo el derecho de dudar de la existencia de Dios, del Átomo y del Éter hasta que los haya contemplado y observado por mi mismo y rehúso a oponer una hipótesis a otra, aunque tuviera la simpatía propia, la de una colectividad o la de la masa.
Mi ateísmo no es más que la consecuencia de mi anarquismo. Puesto que la inteligencia humana no puede concebir a Dios más que como un superhombre dictador, autoritario y despótico, yo no puedo aceptarlo, pues lo mismo me repugna un Patrón del Universo que un Patrón del taller. Bakunin, dijo: "Si Dios existe, el hombre es esclavo, y si el hombre es libre, Dios no existe". No voy a discutir aquí lo que debe entenderse por libertad del hombre, pero sí afirmaré que, aspirando a ser libre, Dios no puede existir para mí. Repito con Proudhon que Dios es el enemigo del hombre y, por tanto, no hay conciliación posible entre mi antiautoritarismo, mi odio a la dominación, mi rebeldía contra la explotación y contra cualquier concepción divina.
No solamente niego a Dios, sino que además no le necesito. Para tener conciencia de mi vida, para desarrollarme física e intelectualmente, para constatar, meditar, moverme, amar y ejecutar cuanto me atañe, no me es necesario un creador providente y legislador. Puedo conocer una vida interior, profunda, que resista a las desilusiones procedentes del exterior o de mis propios errores, y para perseverar y seguir la ruta individual, cosechando experiencias, apreciando goces, buscando la expansión completa de mi intelecto y de mis sentidos no me es necesaria la creencia en el Todopoderoso, producto efectivo del temor y de la ignorancia ancestrales. No detesto perversamente al creyente, y digo con Benjamin Tucker: "Aun viendo en la jerarquía divina una contradicción de la anarquía y siendo incrédulos, los anarquistas no dejan de ser partidarios decididos de la libertad de creer, y lo mismo que proclaman el derecho para el individuo de ser o elegir su propio médico, reivindican el de ser o elegir su propio sacerdote. Ni monopolio ni restricción en teología o en medicina". Añado que me presto a cooperar a una determinada labor con espiritualistas "individuales", es decir, no perteneciendo a ninguna organización eclesiástica y adversarios profundos de las explotaciones y de las autoridades (Emile Armand; El anarquista individualista, lo que es, puede y vale; 35).

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