"Vivía, en el norte de Grecia, un hombre a quien Rabí Janán Mariasis conocía de pequeño por ser paciente de su padre, el médico Rabí Moshé Mariasis de abdera. De joven había trabajado como limpiabotas del ejército turco y padecido las mil y una en manos de los oficiales otomanos. Solía acudir a la consulta con un viejo odre de cuero oscuro del que, contaba el médico, no se separaba ni siquiera estando desnudo para la revisión. Por delicadeza, por consideración para con su edad y sus venerables bigotes blancos, el médico le dejaba hacer, pensando que se trataba de una manía de niño que no había abandonado del todo. Pero un día, su hijo, menos cuidadoso que su padre, lo interrogó:
-¿Qué lleva, buen hombre, en ese odre del que nunca se separa?
Sorprendido por la pregunta, el hombre, que se llamaba Yohanes, Yohanes Afitis, respondió:
-Verás. Crecí en un sitio lleno de algarrobos cuidando cabras, comí de sus dulces vainas, me refugié bajo sus sombreas durante más de quince años antes de servir, contra mi voluntad, a los turcos. En el patio exterior del cuartel en el que me obligaban a trabajar crecía un único y gigantesco algarrobo del que los oficiales cortaban ramas para los fuegos de sus hogueras; unas tras otras, astilla tras astilla, consumían su madera, hasta que al cabo de los años lo dejaron más escuálido que un oscuro, rugoso y triste esqueleto. Un día mientras pasaba frente a él, el algarrobo me dijo: "Tengo sed, dame agua; tengo sed, dame vida".
Raví Janán Mariasis miró al aguatero con perplejidad, observando la fuerza con que sus curtidas manos sujetaban el odre, y giró su rostro hacia su padre, quien permanecía muy serio a la entrada de la consulta.
-¿Y tú que hiciste? -atinó, por fin, a preguntarle.
-Verás, pequeño -le dijo Yohanes a Rabí Janán, que entonces no era más que un niño-. El agua estaba tan racionada que a nosotros, los servidores, nos mataban de sed. Así que tomé las pocas semillas que le quedaban al pobre árbol maltratado y me juré que las tendría siempre humedecidas. Están aquí adentro, escucha.
Sacudió la especie de bota que llevaba y se oyó un susurro de maracas, un bisbiseo de sonajas, sordo, débil. La voz de las viejas semillas.
El aguatero esbozó una sonrisa y con un gesto de indudable trascendencia, agregó:
-Cuando me liberaron, retorné a mi tierra, volví a los algarrobos. Desde entonces les doy de beber todos los días, incluso cuando llueve. todavía me pregunto si aquel que me habló lo hizo porque no podía más, ya que el dolor que padecía era tan intenso que le hizo pedir socorro. Te diré algo, pequeño, y no lo olvides: se necesitan dos sufrimientos paralelos para que se unan en el infinito. Con uno solo no basta".
La palabra kilate, que valora la calidad del oro y de los diamantes, procede del peso uniforme de la pequeña semilla del karat o algarrobo árabe, medida empleada en joyería desde épocas remotas. Su equivalente hebreo es el vocablo jarub, el cual, levemente aliterado, puede leerse también como be-rúaj, en el Espíritu o por el Espíritu. Todo lo que ocurre, lo sepamos o no, tiene más de una lectura, y detrás de cada hecho abstracto suele haber, en el origen, una realidad sensible.
-¿Qué lleva, buen hombre, en ese odre del que nunca se separa?
Sorprendido por la pregunta, el hombre, que se llamaba Yohanes, Yohanes Afitis, respondió:
-Verás. Crecí en un sitio lleno de algarrobos cuidando cabras, comí de sus dulces vainas, me refugié bajo sus sombreas durante más de quince años antes de servir, contra mi voluntad, a los turcos. En el patio exterior del cuartel en el que me obligaban a trabajar crecía un único y gigantesco algarrobo del que los oficiales cortaban ramas para los fuegos de sus hogueras; unas tras otras, astilla tras astilla, consumían su madera, hasta que al cabo de los años lo dejaron más escuálido que un oscuro, rugoso y triste esqueleto. Un día mientras pasaba frente a él, el algarrobo me dijo: "Tengo sed, dame agua; tengo sed, dame vida".
Raví Janán Mariasis miró al aguatero con perplejidad, observando la fuerza con que sus curtidas manos sujetaban el odre, y giró su rostro hacia su padre, quien permanecía muy serio a la entrada de la consulta.
-¿Y tú que hiciste? -atinó, por fin, a preguntarle.
-Verás, pequeño -le dijo Yohanes a Rabí Janán, que entonces no era más que un niño-. El agua estaba tan racionada que a nosotros, los servidores, nos mataban de sed. Así que tomé las pocas semillas que le quedaban al pobre árbol maltratado y me juré que las tendría siempre humedecidas. Están aquí adentro, escucha.
Sacudió la especie de bota que llevaba y se oyó un susurro de maracas, un bisbiseo de sonajas, sordo, débil. La voz de las viejas semillas.
El aguatero esbozó una sonrisa y con un gesto de indudable trascendencia, agregó:
-Cuando me liberaron, retorné a mi tierra, volví a los algarrobos. Desde entonces les doy de beber todos los días, incluso cuando llueve. todavía me pregunto si aquel que me habló lo hizo porque no podía más, ya que el dolor que padecía era tan intenso que le hizo pedir socorro. Te diré algo, pequeño, y no lo olvides: se necesitan dos sufrimientos paralelos para que se unan en el infinito. Con uno solo no basta".
La palabra kilate, que valora la calidad del oro y de los diamantes, procede del peso uniforme de la pequeña semilla del karat o algarrobo árabe, medida empleada en joyería desde épocas remotas. Su equivalente hebreo es el vocablo jarub, el cual, levemente aliterado, puede leerse también como be-rúaj, en el Espíritu o por el Espíritu. Todo lo que ocurre, lo sepamos o no, tiene más de una lectura, y detrás de cada hecho abstracto suele haber, en el origen, una realidad sensible.
Comentarios
Publicar un comentario