"Sobre el amor propio"

"El amor propio es el amor de sí mismo, y de todas las cosas por sí; hace a los hombres idólatras de sí mismos, y los haría tiranos de los otros si la fortuna les diera los medios; nunca descansa fuera de sí, y sólo se detiene en los sujetos ajenos, como las abejas sobre las flores, para sacar de ellas lo que les conviene. Nada es tan impetuoso como sus deseos, nada tan escondido como sus designios, nada tan hábil como su conducta; su flexibilidad no se puede imaginar, sus transformaciones exceden las de las metamorfosis y sus refinamientos los de la química. No puede sondearse su profundidad, ni horadar las tinieblas de sus abismos. Allá está al abrigo de los ojos más linces y da mil vueltas y revueltas insensibles. Allá es regularmente invisible para sí mismo, concibe, nutre y cría, sin saberlo, gran número de afectos y odios; forma algunos tan monstruosos que cuando los ha dado a luz, los desconoce, o no puede resolverse a confesarlos. De esa noche que lo rodea provienen las ridículas persuasiones que tiene de sí mismo; de ahí dimanan sus errores, sus ignorancias, sus groserías y necedades sobre su tema; de ahí nace que crea muertos sus sentimientos cuando sólo están adormecidos, que se imagine no tener ya ganas de correr cuando reposa y que piense haber perdido todos los gustos que ha saciado. Pero esta densa oscuridad, que lo oculta a sí mismo, no le impide ver perfectamente lo que está fuera de él, semejante en esto a nuestros ojos, que lo descubren todo y son ciegos sólo para sí mismos. En efecto, en sus mayores intereses, y en sus más importantes negocios, en los que la violencia de sus deseos exige toda su atención, ve, oye, entiende, imagina, sospecha, penetra, lo adivina todo; de suerte que estamos tentados de creer que cada una de sus pasiones posee una especie de magia que le es propia. Nada tan íntimo y fuerte como sus apegos, que intenta romper inútilmente a la vista de las desdichas extremas que le amenazan. Hace no obstante, a veces en poco tiempo, y sin ningún esfuerzo, lo que no ha podido hacer con todos aquellos de los que es capaz en el curso de varios años; de donde se podría concluir con verosimilitud que sus deseos son atizados por él mismo, aún más que por la belleza y mérito de sus objetos; que su gusto es el precio que los realza, y el afeite que los embellece; que corre siempre en pos de sí mismo, y que sigue su voluntad, cuando sigue las cosas  que son de su agrado. Es todos los contrarios: es imperioso y obediente, sincero y disimulado, misericordioso y cruel, tímido y audaz. Tiene diferentes inclinaciones según la diversidad de temperamentos que lo mueven, y lo consagran ora a la gloria, ora a las riquezas, ora a los placeres, las cambia según la mudanza de nuestras edades, de nuestras fortunas y de nuestras experiencias; pero le es indiferente tener varias o no tener sino una, pues se reparte entre varias y se concentra en una cuando es preciso y como le place. Es inconstante y, amén de las mudanzas que provienen de causas ajenas, tiene infinidad de ellas que nacen de él, y de su propio fondo; es inconstante por inconstancia, por ligereza, por amor, por novedad, por cansancio y por hastío; es caprichoso y le vemos trabajar a veces con gran ahínco y con afanes increíbles, por obtener cosas que no le son nada ventajosas, y que aun le dañan, mas que persigue porque las quiere. Es extravagante, y por lo regular pone toda su aplicación en los asuntos más frívolos; halla todo su placer en los más insulsos y conserva todo su orgullo en los más despreciables. Existe en todos los estados de la vida y en todas las condiciones; vive por doquier, vive de todo, vive de nada; se acomoda a las cosas, y a la privación de éstas; para incluso al partido de los que hacen la guerra, entra en sus designios, y, lo cual es admirable, se odia a sí mismo con ellos, conspira para su pérdida, y trabaja por su ruina. No se cuida más que de ser, y con tal de ser, accede a ser su enemigo. No hay que maravillarse, pues, de que se una a veces a la más severa austeridad, ni de que entre tan osadamente en sociedad con ella para destruirse, porque, al mismo tiempo que se arruina en un lugar, se restablece en otro; cuando se piensa que ceja en su placer, no hace sino suspenderlo, o cambiarlo, y en el mismo momento en que está vencido y se le cree derrotado, se le encuentra triunfante en su propia derrota. He aquí la pintura del amor propio, cuya vida no es toda sino una grande y prolongada agitación; el mar es su imagen sensible, y el amor propio halla en el flujo y reflujo de sus olas continuas una fiel expresión de la turbulenta sucesión de sus pensamientos y de sus movimientos eternos".

(Máxima suprimida nº1 de las Máximas de La Rochefoucauld).

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